Capítulo 2

(Puedes leer el capítulo 1 aquí.)

¿Puedes concentrarte? Ah! Cierto, ¡no veo! El cabello empapado tapa mi rostro y me vuelve a mojar las piernas. Rápido y algo a tientas, busco la segunda toalla que encuentro fácilmente, pues por… experiencia sé que debo ser ordenada. Inclino el cuerpo hacia adelante y envuelvo mi pelo lo mejor posible con una mano. A veces queda asegurado a la primera, pero en general me la paso un buen rato tratando de sostenerlo con firmeza, envolviéndolo, desenvolviéndolo una y otra vez, quitándome pelos de la cara… en fin… intentando hacer un trabajo eficiente que dure lo necesario. Creo que esta ocupación no me disgustaría si no fuera tan tediosa, insignificante, fortuita, no sé… Me muevo a pesar de estar con toda mi energía proponiéndome permanecer quieta. Trato de sujetar la toalla contra la cabeza, pero mi tronco se acuesta más y más como si fuera a él a quien estuviera presionando, además estos abultados abdominales que tengo no cooperan. Claro, podría partir desde el principio con el pecho muy quietecito descansando sobre las piernas, pero da igual, mi cuello no es ningún ejemplo de firmeza. Por suerte puedo reconocer en mí una virtud. La paciencia es mi fuerte indiscutible.

En el hospital en el cual me rehabilitaba hace muchos años atrás, los pacientes con discapacidad física bajábamos diariamente al subterráneo donde se encontraba el gimnasio. Bueno, no siempre. En ocasiones demasiado seguidas para mi gusto, no funcionaba el ascensor o tenía algún examen (eso no me hacía nada de feliz, ya que en ese tiempo pensaba que mucho ejercicio era lo único que necesitaba para recuperarme). Bien, cuando ingresábamos podíamos ver a más pacientes que venían de otros lugares, a los kinesiólogos a cargo de cada uno y sus problemas, a personas a las que observaba con disimulo, gente como uno rearmándose después de un duro golpe, y gente a la que todos nos resistimos a ver, pero que no por eso deja de existir. De esa que es la cruda imagen del fracaso. Aquella en la que sólo reconocemos dolor y frustración, e intentamos evitar como si fuera contagiosa. En ese tiempo mi único escape para impedir que la realidad me consumiera, era concentrarme en mis ejercicios.

– Ahora viene la parte que más te gusta. “Gánesela al toro”… me dice Alejandro en tono irónico y rimbombante, mientras busca la pelota…

Él era mi kinesiólogo, un tipo un par de años más joven que yo, terminando la carrera universitaria y empezando a vivir junto a su esposa. Con la vocación viva y el falej_paso_2uerte deseo de rescatar a su paciente. Más bien guapo, simpático y sobretodo… grande, lo suficiente como para sentarme en una pelota sin mayor dificultad, rodear mi espalda con su cuerpo intentando contenerme, y agitar esa pelota muy fuerte buscando alguna reacción de control de mi parte.

Lamentablemente nunca logré mantener una postura digna. De hecho, ni siquiera era capaz de mantener cerrada la boca. Es más, sentía que mis extremidades no salían disparadas por el aire, sólo porque estaban pegadas a mí.

En ocasiones, creo que fue bueno no hablar durante algunos meses. Nunca me quejé de las terapias. Quizás podría haberme opuesto de algún modo, pero rebelarme no es mi estilo, o tal vez resistirme sin una fuerza convincente que me respalde no lo sea… o bien, confiaba en Alejandro, y reconocía en él mis ganas por rehabilitarme.

A propósito de las dificultades para quejarse, al poco tiempo de mi infarto tuve un intermedio entre hospital y hospital en casa de mis papás. En ese tiempo seguía postrada en cama, queriendo creer que estaba dentro de un mal sueño. Sin embargo, la realidad con sus pequeños detalles me atraía hacia sí. Uno de esos detalles era mi oreja. Como tenía la musculatura del cuello más débil de un lado que del otro, mi cabeza giraba lentamente sobre la almohada. El problema con esto era que en su rodar doblaba mi oreja, y obviamente esta quedaba unos minutos aplastada doliéndome. Por desgracia parece que esto último lo percibía yo no más. En todo caso de cuando en cuando, a más de alguien le incomodaba la asimetría de mi postura y me enderezaba la cabeza. No obstante, esto no era suficiente para disuadirme de hacerlo yo misma cuantas veces quisiera, así es que trataba y trataba como autómata sin pensar en que mi esfuerzo no funcionaba. Hasta que un buen día si funcionó. Despegué la cabeza de la almohada varias veces con total satisfacción. Estaba contenta, pero no sorprendida, ya que para mí, se trataba nada más que de la respuesta obvia a mis intentos. Nunca entonces se me ocurrió pensar que mi recuperación era un tema que estaba bajo una estela negra. Por eso, no comprendía la algarabía que había en casa, ni la cara de asombro de Alejandro. A decir verdad, los encontraba un tanto exagerados. Yo creía que todo ese júbilo era porque ya no me iba a doler la bendita oreja. No sospechaba que significaba algo profundo como el comienzo de mi evolución.

… Miro nuevamente mis piernas. Las pocas gotas de agua que me falta secar, se las dejo a las cálidas temperaturas veraniegas…

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